top of page

Diarios de una primípara foránea

Despertar, comer, arreglarte, estudiar. Parece un ciclo eterno, pero aquí estoy en el CRAI, próxima a presentar mis primeros parciales y con ello las primeras ansiedades que trae la u. El tiempo pasa rápido, y las semanas que vivimos aquí parecen un par de horas en nuestro ciclo de vida. Risas, chistes y comentarios interesantes son el pan de cada día en nuestras clases. Por otro lado, muchos ya tienen distinguidas esas clases que no disfrutan del todo; así como aquellas en los que anhelan destacar y ser los mejores. Sin embargo, todos somos un reflejo de lo que muchos han vivido, y eso es lo más hermoso del proceso.

 

La primera impresión de un primíparo es el hecho de que el estudio y responsabilidad en la universidad se convierten en características individuales. No estamos reunidos por un profesor director de grupo, ni es obligatorio responder a las responsabilidades de la clase: cumplir se vuelve una decisión.  Lecturas, talleres, todo aquello que nos asignan queda bajo nuestra disposición. Por otro lado, el ser foráneo es un valor adicional: la soledad llega al recordar la ausencia de la familia, la necesidad de adaptarse a nuevos espacios, el cambio cultural y espacial, entre otras aristas que a veces resultan agobiantes de sobrellevar. No llevo mucho aquí, pero la constante necesidad de abrazar a mi mamá y molestar a mi abuela me invaden a diario. No solo es un desapego familiar, es un devenir emocional. En la universidad aprendemos a ser independientes, a vivir por nuestra cuenta, y quizás es una carga muy fuerte para cualquier joven entre los 16 y 18 años. Hace un par de días, desperté pensando que era un sábado. Ese día corrí arreglándome, pues solo quedaba media hora para comenzar la clase. En ese momento me di cuenta de lo importante que era tener por lo menos una figura responsable pendiente, y que muchos como yo recuerdan con nostalgia los días en los que sucedía lo mismo, pero un familiar estaba allí para ayudar.

 

Vivir en Bogotá es un choque cultural abrupto, en especial siendo una adolescente con opiniones en formación y reflexiones constantes. Nos vemos expuestos a distintas circunstancias, movimientos y libertades, y es por ello que tener un carácter y madurez suficientes se hacen necesarios para superar cualquier inconveniente. A diario observo cosas a mi alrededor que comúnmente catalogaría como extrañas o poco habituales, pero que aquí son normales. Es posible que esto tenga que ver con el hecho de que, comparado con esta ciudad, mi hogar es una municipalidad con muchos conocidos: Cúcuta. Cúcuta es una ciudad que alberga casi 900 mil personas, es decir, un poco más del 10% de la población de Bogotá. Al ser una ciudad fronteriza, nuestros hábitos y costumbres se ven muy arraigadas a la frontera. Desayunar arepa con diablitos, tomar «tody», ir al «duty free»; todo eso son costumbres cucuteñas obtenidas por la frontera. Costumbres que hoy me construyen como persona, y que abren la curiosidad de muchos. Eso sí, lo que las personas suelen destacar más son nuestros modismos, cosa que con nuestro genio suele molestarnos. Por eso, si una casualidad les permite conocer un cucuteño, no digan “toche, mano” es un tanto incómodo. Asimismo, el clima es completamente diferente al de Bogotá. Mientras que en Bogotá despierto con unos fríos 7 °C, en Cúcuta no se baja de los 26, llegando hasta los 38 en sus días más cálidos.

 

Aun así, vivir en Bogotá también me ha permitido conocer y saber del epicentro de nuestro país, que como bien lo escuche en una clase, es donde sucede todo. Museos, arte, clubes, colectivos: hay tantas cosas por ver, por conocer, y esto me permite identificar la gran diferencia de esta ciudad con el resto del país, o por lo menos con mi ciudad. Cúcuta es una ciudad mercantil, una ciudad enfocada en la producción y no tanto en el pensamiento y cultura. Pero no todo se trata de las dificultades, todos los que llegamos a esta ciudad, a esta universidad, tenemos una motivación: destacar, aportar, ser. En mi caso, mi motivación es mi familia y mi hogar, sacar adelante mi región y devolver todo aquello que se me fue dado en el transcurso de los años. Si bien el camino es duro, el resultado es lo valioso, y en la ciudad de los sueños colombianos, todo es posible.

 

Foto toma de: ekgco.store

2 Comments


Santiago Castilla
Mar 06

Es increíble como puedes plasmar en palabras todo lo que engloba el ser "foraneo". Me nublan la mente algunos recuerdos cuando también estaba en mi ciudad (cúcuta), ciertas acciones de nuestras familias que normalizamos y nunca nos tomamos el tiempo de agradecer, es aquí, cuando en medio de la soledad y el silencio esos pensamientos retumban en tu mente y valores cada pequeña acción o momentos con tu familia. Indudablemente el caos de la capital, los choques culturales y el hecho de tener que intentar encajar en un lugar que no es el nuestro, es de las cosas más difíciles de ser "foraneo". No todo es malo, el salir de nuestra zona de confort y exponernos al mundo real, forja…


Edited
Like

Guest
Mar 04

Hermoso escrito de Ana Patiño

Like
bottom of page