Ganadores de nuestro Concurso de Relatos de Terror ClaustroFobia
- Enclaustrados UR
- 12 dic 2024
- 8 Min. de lectura
Estimada comunidad Rosarista,
Esta noche nos llena de orgullo anunciar a los ganadores de nuestro Primer Concurso de Relatos de Terror ClaustroFobia, organizado por el Periódico Estudiantil. Recibimos varios escritos de diversas carreras y facultades, no ha sido fácil elegir a los finalistas.
Felicitamos a nuestros ganadores Laura Gabriela Monzón, Javier Cuello y Miguel Ángel Ballesteros por sus espeluznantes textos. El primer lugar ha sido radioficcionado por un locutor profesional como premiación única. A todos los Rosaristas, los animamos a nunca dejar la pluma y seguir explorando el oficio de escribir. Nadie sabe lo que les espera detrás de aquella puerta.
Agradecemos a todos los participantes que se atrevieron a abrir las puertas de sus mentes y compartirnos sus creaciones más memorables. El fin de año es también un buen momento para aterrarse con lo que depara el futuro.
¡Que la sombra de lo desconocido siga inspirando sus palabras!

Escucha la radioficción:

En la ciudad costera de Blackstone, las olas comenzaron a cantar. Un murmullo bajo y gutural reverbera por debajo de la superficie del agua cada noche, creciendo más y más con cada luna llena. Los campesinos, que alguna vez fueron amistosos, se han vuelto distantes. Su piel es pálida, y sus ojos hundidos, mientras tartamudean frases crípticas para sí mismos. No puedo creer lo que he visto desde mi llegada aquí. Hace apenas una semana, estaba meramente curioso. Fui llamado para investigar los extraños sucesos para el Providence Ledger. Ahora siento que no puedo irme del todo.

Hoy deambulé por el pueblo a la luz del día. Espero poder sacudirme este sentimiento opresivo que se ha instalado en mí desde que llegué. No importa a dónde vaya, los habitantes evitan mi mirada. Todas las tiendas estaban cerradas, y las pocas personas que pasaron por la calle parecían demacradas, perseguidas por algún horror que yo no podía ver. Murmullos se aferraban al aire como una neblina, palabras sobre “El Profundo” se repetían una y otra vez. Cuando le pregunté al sacerdote sobre ello, apenas me miró con una intensa pena antes de regresar a la iglesia, dejando mis preguntas sin respuesta.
El océano, también, parece estar vivo con una intención siniestra. Anoche pensé que vi algo en el agua, una figura oscura y retorcida justo por encima de la superficie. Era demasiado grande y estaba demasiado viva para ser un simple pez. Mis nervios están de punta. Aun así, siento un impulso por descubrir lo que está ocurriendo aquí.

El murmullo del océano se ha vuelto más fuerte, casi… melódico. Puedo escucharlo incluso durante el día, aunque es sutil, más como un zumbido en los huesos. Los habitantes se reúnen en la orilla cada anochecer, de pie en una comunión silenciosa frente a las olas, con ojos vacíos y labios moviéndose como si rezaran en silencio. Me atreví a acercarme a una de ellas, una joven llamada Eleonor, con quien recordé haber hablado en los primeros días de mi llegada. Su rostro estaba macilento y su mirada distante, pero aún así parecía reconocerme.
—¿Lo escuchas? —preguntó con una voz que temblaba entre miedo y reverencia—. Él llama. Pronto todos responderemos.
La presioné para que me contara más, pero solo sacudió la cabeza, mirando al mar con una expresión extraña y triste.

Hoy encontré algo horripilante mientras exploraba los acantilados al sur de la ciudad: tallas grabadas profundamente en la piedra, demasiado antiguas y desgastadas para descifrarlas claramente, pero que representaban inequívocamente algo monstruoso. Figuras que desafiaban la lógica, tentáculos retorcidos y rostros deformados en sonrisas sombrías y lascivas. Estos símbolos no pertenecen a ninguna cultura que yo reconozca. Peor aún, me sentí… observado. Algo inmenso, más antiguo que el tiempo mismo, parecía mirar desde aquellas rocas.
Corrí desde los acantilados con el corazón palpitando con fuerza, pero el terror me siguió durante todo el camino de regreso a la pensión. No me atreví a dormir y, cuando finalmente lo hice, soñé con el océano, con profundidades infinitas y oscuras, y con formas que se retorcían debajo de la superficie.

Ahora lo siento en los huesos, el llamado. Es más fuerte, resuena en lo más profundo, una vibración que penetra mi médula. He visto a otras personas en la ciudad con la misma mirada atormentada en sus ojos, ese extraño y horrorizado anhelo. Y los susurros, las frases crípticas, también me persiguen en mis momentos de vigilia. Escucho constantemente: “Él se levanta con el amanecer” y “El Profundo nos llama a casa”.
El posadero me dejó una nota debajo de mi puerta hoy. Casi me reí cuando la leí, una risa amarga que parecía más un sollozo. “Aléjate de la orilla”, advertía. Y sin embargo, sé que el mar me arrastrará de todos modos.

Esta noche hay luna llena. Oigo a la gente reunirse en la orilla mientras escribo esto, sus voces se mezclan con ese zumbido imposible, creando una melodía disonante que hace que mi cabeza dé vueltas y mis pensamientos se desdibujen. Cada parte de mí grita que corra, que abandone este pueblo y no mire atrás, pero mis piernas me llevan hacia el océano.
He juntado las piezas de los susurros y símbolos que he podido, y aunque no me atrevo a escribirlo, temo saber qué es lo que adoran, qué es lo que convocan. Algo antiguo, ahogado e indecible que yace bajo las olas, observándonos, esperando el momento oportuno. Tal vez sea demasiado tarde para mí, tal vez lo fue desde el momento en que llegué. Puedo oír el zumbido aumentando hasta convertirse en un rugido, como si diera la bienvenida a su hijo de regreso al redil.

El amanecer se levanta, de color rojo sangre, sobre Blackstone. Estoy de pie en la orilla, con los pies hundidos en la arena húmeda, el agua del mar arremolinándose alrededor de mis tobillos mientras los habitantes del pueblo están a mi lado, murmurando himnos en un idioma que no entiendo. El cielo se siente… equivocado, distorsionado, como si los mismos cielos se retorcieran de miedo.
Y allí, en el agua, algo se agita. Una forma de tamaño imposible, sombría y monstruosa, retorciéndose bajo la superficie. Mi corazón late con fuerza y, sin embargo, solo siento una aceptación entumecida. Es Él, a quien llaman “Padre” y “El Devorador en las Profundidades”. Sus ojos, amarillos y enormes, rompen la superficie y se fijan en mí como si vieran mi propia alma. No hay escapatoria.
Ahora entiendo. Soy suyo, como ellos son suyos, como todos somos suyos. El océano me reclamará, como reclamará todo. Mis manos tiemblan demasiado para seguir escribiendo. Creo que esta es mi última entrada.


Elisa es la única que se preocupa por mí. Le encanta estar conmigo si no hay nadie cerca. Cuando estoy solo, aparece, me habla al oído amablemente de los temas que no suelo recordar en compañía de nadie más. Vivimos juntos, siempre estamos juntos en casa. Me recuerda que no tengo nadie más con quien hablar de cómo me siento, ella no me lo permite. Dice que los desconocidos son peligrosos y me pueden hacer daño.
A veces me quiere todo el día en casa, acostado en mi cama a su lado desde el momento en que me despierto. Es relajante, se siente cómodo y pienso que no tengo nada tan importante que hacer para levantarme, pero he llegado tarde a cosas importantes por su culpa, en realidad. Elisa no siempre es muy buena conmigo, aunque me ama, me necesita, pero no me permite acercarme a nadie. Siempre que quiero hablar con alguien, ella me recuerda que solos estamos bien.
Tal vez es por eso que siempre que logro estar con amigos o familiares cercanos, ella se va y se hace la distante conmigo. Cuando se aleja nunca la extraño, pero cuando estoy a su lado no solo no puedo, sino que no la quiero dejar ir. Es un pulpo que me abraza con todas sus fuerzas y se fija a mi piel con sus ventosas para estar siempre cerca.
Cuando aparece ante mí luego de mucho tiempo, miro sus ojos y sus pupilas parecen un par de abismos y, si los miro demasiado, se da cuenta y me regresa la mirada. Estoy solo contra el mundo. Elisa me priva de mi libertad de elegir, de hacer o de intentar. Siempre me vigila y me dictamina qué no debo hacer, incluso cuando es lo único que me hace feliz. Solo ella y yo, solo yo.
Ya me cansé de ella, no la quiero seguir viendo, pero ella me busca y me persigue por las noches cuando se supone que debería dormir y me hace quedarme hasta tarde hablando con ella. Siempre habla de lo mismo, me encierra en los mismos temas que sabe que me abruman para mantenerme bajo su control y evitar que escape. Es aburrido estar con ella, pero cuando me aburro por su culpa no hay nada más que pueda hacer más que esperar a que ella me deje solo.
Es parte de mí como yo lo soy de ella, pero he decidido que ya no la quiero en mi vida. Solo viene cuando sabe que se lo permito, cuando el Sol se ve tan brillante que todo lo demás se oscurece, cuando la neblina parece un manto cálido y la lluvia una barrera de protección, cuando estoy dispuesto a darle alojamiento y alimentación. Ya no quiero que me siga quitando mi tiempo ni mi espacio.
He intentado confrontar a Elisa directamente pero siempre ha sido insuficiente, así que decidí hacerla perder el interés en mí porque siempre ha sido quien me obliga a permanecer a su lado, como si fuera ella quien me quitara la opción de librarme de la pasiva prensa de sus infinitos tentáculos alrededor mío.
Por eso, lo único que puedo hacer, es no forcejear porque así me aprieta más, ni quedarme quieto porque simplemente le haría el trabajo más fácil. Les tiene miedo a las demás personas, eso hace que yo también. Así que intentaré reunirme con tantas personas que ya conozca como me sea posible, porque eso me llevará a acercarme a nuevas personas en una cadena social.
Así, cuando ya tenga un ejército suficiente para confrontarla, usaré mi lápiz, mi pluma, mi pincel y mi uña para desatar sus ventosas de mi cuerpo con la ayuda de todas las personas dispuestas a ayudarme.
Así, cuando finalmente caiga, probablemente vuelva, pero será más débil al no poder absorber mi sangre y mis lípidos. Será más fácil vencerla otra vez, a no ser que simplemente no logre vencerla, que no sea lo suficientemente fuerte para desprenderme de ella incluso con apoyo a mi alrededor. Eso me podría llevar a la muerte, pero hoy elegí vivir.

Adormecido por el humo de su pipa, recordaba, como cada noche, el torbellino de pensamientos que lo torturaba. Había pasado meses luchando contra los demonios que lo atormentaban, unos impuestos por alguien tan severo como él mismo. El ambiente del balcón, el aire rozando sus pómulos, la foto Polaroid de Clara y el trance musical de un vinilo que ella le regaló, le recordaban que la suerte no les quiso dar otro sol.
Aunque su gente había notado la nube sombría que la envolvía, nunca imaginaron la magnitud de lo que se avecinaba. ¿Hasta cuándo es prudente dejar pasar los segundos antes de hacer algo?
Clara, con insomnio y consumida por la ansiedad, se encontraba esta vez tendida en su cama. Sus dedos recorrían a menudo aquella mesa de noche, metálica y fría, de la que con manos famélicas y temblorosas, sacaba unas pastillas. Intentaba limpiar sus ojos con cántaros de agua marina, pero pasmada por su mente, apenas cada gota escurría a ritmo de procesión. Cada pensamiento era peor que el anterior, cada intento de ser positiva resultaba en otra nueva realidad igual de sombría.
Él se culpaba, tratando de recordar y encontrar en qué había fallado. Pobre, que con un nudo en la garganta, asfixiaba sus penas mientras recibía la lluvia de la noche como único consuelo. Clara había sentido tanto que ya no le alcanzaba para seguir pensando. Se movía dentro de su cama, intentando a toda costa recostar su cabeza sin moverse cada segundo. Sus pulmones inhalaban buscando regularle. Ya no había forma de evitar escuchar la maraña de voces que su propia mente le había creado para recordar cada escenario distinto.
Poco a poco, los mensajes tardíos reemplazaron su voz, acompañando las notas del camino que, en poco tiempo, se llevaron a Clara. Y ahí estaba él, haciéndose tantos escenarios, los mismos en los que Clara pensaba aquella noche cuando estaba decidiendo qué hacer. «¿Cómo será la reacción de mis personas cuando se enteren que ya no estoy aquí?»
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